martes, 17 de junio de 2014

Los Hombres Simbólicos en el Martinismo - Serie Simbólica 14

(III. El Hombre de Deseo)

 

 

El Hombre de Deseo tiene en su mano una llave, aunque todavía no ha encontrado la puerta que ella abre. Sin embargo, su posesión, no es algo casual ni tampoco una herencia. Se trata de algo que se ha sabido ganar mediante el esfuerzo honesto de querer buscar el camino del auto-conocimiento. Dejando de lado las tensiones absurdas que, causadas en su egoísmo, lo retenían en el torrente.

Para el martinismo, el Hombre de Deseo es aquel que se reconcilia con el Espíritu de Dios. Cuyo símbolo y acto es representado mediante la iniciación al primer grado. Así, el Hombre de Deseo se “asocia” a la intensión colectiva orientada en unificar la consciencia de manera integral.

Debe entenderse entonces que el deseo de este Hombre no es de la misma naturaleza que la de los deseos mundanos; que no se trata de aquellos deseos de la personalidad, así fuesen de la más alta estirpe moral; que no persigue en su anhelo ningún bienestar o conveniencia; y que tampoco aspira nada para sí que provenga de su misma voluntad propiamente dicha.

Este Hombre ha percibido el nacimiento de un Deseo en el interior de su alma, quien se vuelve, poco a poco, el hilo conductor de sus búsquedas y esperanzas. Generalmente comienza buscando, porque siente y sabe que debe buscar. Aunque todavía no sepa ni comprehenda bien qué hacer ni cómo. Igual así va tras ello.

El Hombre de Deseo entra en cierto conflicto consigo mismo, porque él sabe que su ciencia y su razón son el germen de sus errores y desesperanzas en el conocimiento y hallazgo espiritual, cediendo en gran parte, y a partir de allí, la regencia de su intimidad al deseo nacido en lo profundo de su corazón. Al que más bien intuye que conoce.

Debe esforzarse por sostener la vida de este deseo, que a él ha venido, como una gracia auxiliadora. Ya que su contraparte (en referencia a aquello ya expresado en la Serie 4 El Hombre Dividido) intentará ridiculizarlo y desactivarlo para volver a tomar el completo control de las acciones y pensamientos de su personalidad. Pero tras este suceso, nada vuelve a ser como antes. La fuerza motriz que este deseo en el alma del hombre posee, gana para siempre un lugar donde reside y se manifiesta. Muchas veces se trata de un lugar escueto en donde queda demasiado apagada, reduciéndose sin que logre ser consumado hasta alcanzar la regeneración.

En tales casos suele verse como el hombre transita una actividad solo simbólica y racional -sino sentimental-, en la que considera encontrarse en movimiento. Pero apenas si logra conservar el deseo como una pequeña llama. Misma llama que debería consumir por completo todas sus impurezas. Comúnmente estos hombres se abocan a las discusiones y distinciones, reviviendo el conflicto del que no logran salir una, otra y otra vez. Hallándose como en una rueda que mientras lo distrae también lo adormece.

Aquellos que, en cambio, dejan de lado las urgencias estériles de la personalidad y atienden la marcha íntima que no deja de latir en el seno de su corazón, se abocan a sostener esta nueva raíz para que su actividad no decaiga, trabajando silenciosa y desconocidamente hasta tanto el primer brote no vea la luz.

El Hombre de Deseo debe buscarse hasta encontrarse a sí mismo en su propio centro. Es decir en su propia alma humana. Esto le brindará un orden de su misma naturaleza, y por su medio, él pondrá en orden todo lo que lo rodea.

Se abraza con fe y esperanza a esta nueva condición nacida en su pensamiento. Sosteniendo su llave con tanta firmeza que ya no quiere ninguna otra cosa que encontrar la puerta que con ella se abra. Porque solo el deseo de nuestro corazón es el germen que puede renacer por fuera de la carne y la sangre de este mundo como un Hombre Nuevo. Perut et Vivat.



Tomás



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