martes, 8 de julio de 2014

El sacrificio - Serie Breve 16



El carácter sacrificial del cristianismo es expresado, por lo común, mediante el martirio del via crucis. Episodio que se desencadena luego de que Poncio Pilatos entrega al Reparador a la multitud hostil que sellará su cruento destino. Esta escena del evangelio, conocida como Ecce Homo, es la sentencia del juicio. La consecuencia fatal de la condena alentada por la soberbia del hombre caído. Podría decirse que toda injusticia se origina, cuando estando frente a la Verdad, no somos capaces de reconocerla y aceptarla. Entonces, Ecce Homo debe ser considerado un estado de humillación del justo mientras la ignorancia parece triunfar sobre la Verdad. El Filósofo Desconocido toma ésta imagen evangélica como síntesis de la vejación a la que el hombre caído se somete a sí mismo en éste plano. Reflexionar sobre los acontecimientos previos al via crucis puede revelarnos algunos aspectos del misterio del sacrificio.

El evangelio de Nicodemo se centra especialmente en el drama del Juicio. Por la boca de los testigos, a favor y en contra, se relata la vida y los milagros del Reparador. No podemos evitar identificarnos con la impotencia de aquellos que intentan, sin éxito, evitar la condena de un inocente. Luego de relatar el penoso juicio, Nicodemo retoma los hechos ya en el Gólgota, donde el Reparador es crucificado. Parece ignorar, a propósito, las torturas durante la marcha bajo la cruz. Quizás, esto se deba a que el autor trata de llamar la atención hacia los sucesos que él considera más trascendentales. No desea distraer al lector con escenas morbosas. Por el contrario, destaca la falta de conciencia y el odio ciego y sordo de los enemigos del Verbo.

Desde la mirada del Cristo interno, Nicodemo llama nuestra atención sobre la farsa de la justicia de los hombres. La administración de la justicia desde lo individual está tan nublada como la de Poncio Pilatos. ¿Cuantas veces, a diario, exclamamos: “He aquí el hombre”? Y, sin dudarlo, entregamos inocentes a nuestras muchedumbres internas sedientas de sangre. Resulta sencillo identificarse con el Reparador en los relatos bíblicos pensando que sólo se nos está contando una historia que ha ocurrido hace más de 2.000 años en un país exótico y lejano. Pero, mientras nos conmovemos con semejante relato, internamente, seguimos crucificando a nuestro propio mesías. Continuamos sentenciando ¡Ecce Homo!. Y estas condenas constantes del Verbo que habita en nosotros, no nos permiten comprender el sentido sacrificial completo y reparador del Cristo Interno. Porque, al postergar constantemente nuestra inocencia y nuestra espiritualidad, estos sacrificio son en vano. Como hombres caídos, insistimos en martirizar nuestros principios, a cambio de una falsa tranquilidad material y egoica.

El martinismo nos propone establecer un vínculo entre los sucesos relatados en los evangelios y nuestros procesos internos. Encontramos en el juicio una alusión a la forma en que administramos la conciencia entre nuestros pensamientos y sentimientos. El juicio es un escenario donde las distintas visiones de la Caída se encuentran en conflicto. La mirada de Pilatos, es la del súbito del imperio material. Para él no ha habido crimen. Sin embargo, al ver a  los líderes hebreos empecinados en condenar al inocente y liberar al culpable (Barrabás), prefiere entregar al Reparador para no atraer la ira ni hacia el imperio, ni hacia su persona. Los sacerdotes hebreos dicen defender sus tradiciones, pero sólo les interesa mantener su poder y eliminar a aquél que viene a señalar sus errores. Acusan al Reparador de mago, y de no respetar sus costumbres. Ellos representan las falsas creencias y religiones que aprisionan a los hombres. Finalmente, los testigos a favor del acusado que fueron desacreditados y ridiculizados, son los iniciados. Los sabios que, conscientes del atroz crimen, que se estaba perpetuando, nada pudieron hacer para evitar la fatalidad del sacrificio del justo.

El sentido de justicia espiritual no es el mismo que el vulgar. El juicio del espíritu se rige por la pureza del alma. Los egipcios representaban a Math, la diosa de la justicia, por una pluma de avestruz. Porque todas ellas miden lo mismo. En el juicio de los muertos, el alma del difunto era puesta en una balanza como contrapeso de una de estas plumas. Si el alma era más pesada que la pluma, entonces el difunto era condenado. Así, se nos indica que la pureza del alma implica que la misma se ha liberado de todas las ataduras a la materia. No debe sorprendernos que el Reparador, un alma pura, sometido al juicio por un funcionario imperial, haya sido encontrado culpable, sin que existan motivos manifiestos. La justicia  que ha creado el hombre caído, tiene por fin administrar las miserias de éste mundo y es sierva del que se encuentra fuertemente encadenado a él.


Nadeo



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